Traición, moneda en los próximos años

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Editorial, agosto 2019.- La traición goza de mal crédito en general, y en política también. Maquiavelo, paradigma de la falta de corazón en la cosa pública, tenía un juicio muy severo sobre la misma. Alguien podrá argumentar, con razón, que por encima de las decisiones personales están los compromisos colectivos refrendados a través de procedimientos democráticos. Pero cualquiera que haya militado en una organización habrá aprendido (en propia carne normalmente) que el principio básico y fundamental que permite discernir sobre la calidad de una democracia, es el respeto a las minorías.

Y respeto no significa no golpearles por los pasillos o no insultarles en las reuniones internas, respeto debería significar, según una concepción muy liberal, su inclusión en la politeia que todo partido político forma.

Desde esta perspectiva no es difícil tener una opinión muy crítica sobre los procedimientos para la elección de cargos internos que los partidos ponen en marcha y cuyo objetivo fundamental, normalmente, no es elegir a los y las mejores o más adecuados/as, si no eliminar cuidadosamente al adversario interno. En esto, algunas tradiciones en la izquierda han elevado este arte de la aniquilación interna a una verdadera ciencia.

No parece que el juicio moral o ético nos ofrezcan mucha luz sobre lo que puede seguir pasando. Dada la volatilidad del comportamiento humano en general y de los hombres y mujeres que se dedican a la política en particular, diversas formas de “traición” van a seguir siendo moneda corriente en los años venideros.

En este sentido lo singular de los nuevos “alineamientos”, es que están siguiendo un curso inesperado y que nos llenan de temor. Pero la potencialidad y la demanda de nuevos tipos de proyecto político están encima de la mesa.

Por último, no me parece que el único enfoque para intentar explicar lo que está pasando pueda venir desde la interpretación de “intereses de dirigentes” y de su voluntad en la nueva situación. Esta existe por supuesto, y negarla o minusvalorarla sería un error.

Es difícil saber y decir qué tiene que hacer la izquierda para salir del agujero en el que parece entrar, pero empezar por reconocerse, con naturalidad en su diversidad y respetar esa circunstancia, podría ser un buen comienzo. Desde este punto de vista, parece más adecuada a los nuevos tiempos la fórmula de la colaboración desde la diferencia, que cualquier entelequia alrededor de la construcción de un nuevo sujeto político.